Lo benéfico de Miguel Angel Revilla es que enseguida te regala un picnic. Te coloca un pregón, pero también un picnic. Es un político cruzado de cesta navideña, pero cesta navideña fuera de temporada, porque te explica cualquier tarde una promesa electoral y te adjunta la actualización última de la sardina cántabra. Está siempre en campaña, aunque ahora más, y va a las tertulias de la tele, desde antaño, como va un rato de recreo al fútbol, al fútbol de dar la cátedra de lo que pasa con elocuencias de poeta de aldea. De lo que pasa y hasta de lo que no pasa. Hay, en él, esa cosa fantástica del español hospitalario y desmedido, que te convida a dos cañas, sí o sí. Se comprende que, de encuentro con Pablo Iglesias, en Santander, ocurriera lo previsible. Montó el picnic. No usó de sardinas de oro, sino que convidó a un sobao mitológico al líder de Podemos. El rato de sobao sirvió para que cada cual orillara un momento su exceso. Iglesias, el altavoz de demagogia. Revilla, el villancico del populismo.


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