El parque, en esta mañana soleada y tierna de diciembre, está casi vacío. Hay una calima que envuelve la sotana blanca que la mañana se ha puesto para asistir a una misa de brumas en la catedral del parque. Por estos días mi madre nos dejaba sacar las figuritas del nacimiento, ir al Paseo del Tránsito a coger musgo, a la carpintería del tío Luis a por aserrín para los caminos y desiertos por los que venían, sin venir, los Reyes Magos; usar la harina para las nevadas, que no se derretían, en los tejados del pueblo, en el molino y en el pozo que tenía por cubo un dedal de mi abuela; comprar corcho para las montañas, ir a la papelería del señor Guzmán a comprar tres metros de papel azul para el cielo con muchas estrellas hechas con papel de plata y pedirle a Lorenzo, el fontanero del barrio que tenía una pata de palo, unos trozos de cristal para el lago donde unos patos descascarillados y sucios reflejaban sus cicatrices. Por estos días, en nuestro barrio la gente sigue su habitual rutina; un mendigo, sentado en el atrio de la iglesia Bautista de la Séptima Avenida, envuelto en una sábana blanca, como si estuviera cubierto de nieve, pide limosna; en la acera de un supermercado el sol da volumen a una pirámide de pimientos rojos y finge una lumbre cálida; más abajo, cientos de pinos cortados crean un desfiladero con olor a bosque y a espesura, esperando hallar un hogar a estas fiestas; salen los niños de la escuela como una bandada de pájaros en busca de alimento. Dos viejos caminan por el lado donde el sol calienta. A uno le duele un brazo, dice que puede ser artritis, cuando en realidad es la vejez; al otro le duele, cosa extraña, el corazón. Pero van juntos a través del rumor, el palpitar y el ímpetu de la gente y de la vida y, hoy, son felices.


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